
En las últimas décadas del siglo XX, la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética generaron en amplios sectores de la opinión pública occidental la
convicción de que el comunismo había quedado sepultado bajo los escombros de su propio fracaso histórico. Muchos analistas, políticos e intelectuales consideraron que el experimento marxista-leninista había demostrado de manera definitiva su inviabilidad económica, su propensión al totalitarismo y su incapacidad para generar prosperidad y libertad.
Desafortunadamente, esa lectura optimista ha comenzado a quedar de nuevo atrás, y es que el comunismo, entendido no solo como un sistema económico de propiedad estatal de los medios de producción, sino como una cosmovisión
materialista, atea y revolucionaria que busca la transformación radical de la sociedad mediante la lucha de clases y la destrucción de las estructuras tradicionales, no desapareció; mutó, se adaptó, se camufló bajo nuevas banderas y continúa operando como una amenaza real, particularmente para las democracias liberales.
Para amplios sectores el comunismo representa aún una amenaza existencial, pero para otros, se trata de un fantasma que se invoca con fines políticos; lo que hay
que reconocer es que los resultados que se han obtenido de la implementación de ese régimen han sido de decadencia, pobreza, autoritarismo y muerte, muy por encima de cualquier promesa de igualdad.
El colapso de la Unión Soviética en 1991 eliminó el centro geopolítico del comunismo internacional, pero no extinguió la ideología. China, bajo el Partido Comunista, abandonó progresivamente la planificación central extrema en favor de
un capitalismo de Estado autoritario, sin renunciar nunca al monopolio del poder político ni a la narrativa revolucionaria.
En América Latina, el “socialismo del siglo XXI” impulsado por Hugo Chávez y luego por regímenes afines en Nicaragua y Bolivia recuperó elementos del antiimperialismo, actualizando el discurso sin abandonar sus fundamentos.
Lo decisivo no es la pureza doctrinal, sino la continuidad de una lógica: el rechazo al orden liberal basado en la propiedad privada, el pluralismo político, la separación
de poderes y la libertad religiosa; la exaltación del Estado como instrumento de transformación social y la justificación de la violencia o la coerción en nombre de una justicia superior. Esta lógica ha sobrevivido en movimientos radicales, en redes de influencia y en regímenes que, aunque empobrecidos, siguen proyectando poder ideológico.
En Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha elevado esta cuestión a la categoría de amenaza prioritaria; en junio y julio de 2026, en diversos foros, incluyendo la conferencia de la Faith & Freedom Coalition y el discurso previo al
250 aniversario de la independencia en Monte Rushmore, Trump afirmó que el comunismo constituye “la mayor amenaza para nuestra nación desde su fundación”, superior incluso a la Primera y Segunda Guerras Mundiales, al ataque a Pearl Harbor y al 11 de septiembre.
De acuerdo con el mandatario, lo que se presenta a menudo como “socialdemocracia” o “socialismo democrático” es, en realidad, “comunismo duro y sin Dios”, una ideología que ataca particularmente al cristianismo y que amenaza
con convertir a Estados Unidos en un país del “Tercer Mundo” 1 Esta posición se enmarca en una estrategia más amplia de la administración Trump de identificar y combatir lo que considera un resurgimiento del extremismo de izquierda.
Es así que el 16 de julio de 2026, el secretario de Estado Marco Rubio convocó en el Departamento de Estado de Washington a representantes de 66 países a la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político. En su discurso de apertura caracterizó el extremismo de izquierda como una amenaza real y transnacional que experimenta un resurgimiento. Señaló que en Estados Unidos, durante 2025, los actores de extrema izquierda fueron responsables del 63 % de los ataques o complots antigubernamentales registrados, así como de tres de las
cuatro muertes por causas antigubernamentales.
Rubio fue particularmente contundente al rechazar la idea de que el comunismo “suena bien en teoría pero no funciona en la práctica”. Según sus palabras: “Eso
no es cierto. El comunismo no suena bien en teoría. El mundo que imagina para todos nosotros es pequeño, plano, gris, nivelado de toda excepción, drenado de todo lo que es bueno y noble en el alma humana. El mundo que imagina es un mundo sin valor, sin creatividad ni ambición, un mundo sin héroes ni gloria ni grandes causas por las que luchar… y el mundo que imagina el comunismo es un mundo sin Dios”2 . Esta formulación resume una crítica moral y antropológica profunda, es decir que el comunismo no solo fracasa materialmente; empobrece el espíritu humano al negar la trascendencia, la excelencia individual y la dimensión religiosa de la existencia.

El secretario de Estado vinculó además esta amenaza con redes internacionales y con el régimen cubano, afirmando que “la extensa red de inteligencia e ideología del régimen cubano contribuyó a la consolidación de la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio” y que sigue estando “inextricablemente ligada” a estos grupos. La cumbre formó parte de un esfuerzo por reconstruir la
arquitectura antiterrorista para enfrentar lo que la administración Trump considera un punto ciego histórico en la lucha contra el extremismo de izquierda.
El compromiso de la administración de Trump contra el comunismo y las extremas izquierdas es visible, incluso el Departamento de Estado de Estados Unidos publicó
el 20 de julio de 2026 un informe titulado: “Cuba: La capital del comunismo en el siglo XXI”; en su introducción se menciona que: “El ataque de Cuba contra Estados
Unidos nunca fue, en el fondo, una disputa sobre política económica, soberanía o incluso la propiedad de un territorio concreto. Fue una revolución contra la propia civilización occidental, librada, en parte, mediante el método novedoso e insidioso de persuadir a los hijos de Occidente para que se volvieran contra su propio legado” 3
El informe sostiene que, mientras el modelo soviético colapsó, el proyecto ideológico cubano, logró reinventarse y mantener influencia en círculos de la izquierda radical contemporánea. Durante más de seis décadas, La Habana ha funcionado como nodo de apoyo a insurgencias, de formación de cuadros, de operaciones de inteligencia y de proyección ideológica hacia América Latina, África y los propios Estados Unidos.
Más allá de las interpretaciones geopolíticas, la realidad cotidiana de Cuba ilustra el saldo de decadencia, años de planificación centralizada, ausencia de libertades. económicas y políticas, y aislamiento han producido una economía en crisis crónica. La producción agrícola se ha derrumbado en múltiples rubros; el país importa entre el 70 y el 80 % de sus alimentos; la inflación y la escasez de divisas
generan apagones prolongados y un mercado paralelo dolarizado al que la mayoría de la población no tiene acceso pleno. El informe estadounidense argumenta que esta capacidad de proyección ideológica, a pesar del empobrecimiento material, convierte a Cuba en un actor singular, no un simple Estado fallido, sino un centro de irradiación de una forma actualizada de comunismo radical.
Otro ejemplo significativo es el régimen en Nicaragua de Daniel Ortega y Rosario Murillo ofrece otro ejemplo contemporáneo de cómo una tradición de inspiración
sandinista y revolucionaria evoluciona hacia un autoritarismo; desde su retorno al poder en 2007, Ortega ha concentrado progresivamente el control sobre los
poderes del Estado, la policía, el ejército y el sistema electoral.
En 2025, una reforma constitucional estableció la figura de “copresidentes”, incorporando formalmente a Murillo, y extendió los mandatos, incluso el pasado julio, Ortega anunció que “no habrá más elecciones” para impedir que la oposición intente “apoderarse del gobierno”, tema que sin duda requiere de un análisis futuro mucho más profundo.
La represión ha sido sistemática con detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, destierro de opositores y periodistas, privación de nacionalidad a centenares de nicaragüenses, cierre de miles de organizaciones de la sociedad civil (más de 5.500 según reportes) y hostigamiento a la Iglesia Católica, con más de 200 miembros del clero forzados al exilio o impedidos de regresar desde 20224 . El
clima de miedo y el desmantelamiento del espacio cívico han convertido a Nicaragua en uno de los países menos democráticos de América Latina, según mediciones de Freedom House y Varieties of Democracy. El resultado es evidente se ha consolidado un régimen que combina elementos de control partidario, clientelismo y coerción, con un costo humano elevado en términos de libertad, derechos y oportunidades. La economía, aunque menos colapsada que la cubana o la venezolana gracias a remesas y exportaciones, opera bajo un clima de incertidumbre jurídica y politización que desalienta la inversión productiva de largo plazo.
El comunismo, en su formulación teórica, promete la emancipación de los oprimidos, la abolición de las clases en la práctica histórica, sin embargo, ha conducido de manera reiterada y predecible al totalitarismo. No se trata de una
desviación accidental ni de la “traición” de líderes individuales, sino de una lógica estructural inscrita en su propia concepción del poder y de la sociedad; al pretender transformar por completo las relaciones sociales, económicas y culturales mediante la acción del Estado, el comunismo concentra un poder ilimitado en manos de una élite que se autoproclama depositaria de la verdad
histórica y por supuesto esa concentración elimina los contrapesos, suprime el pluralismo y convierte cualquier disidencia en enemiga del “pueblo” o de la “revolución”.
El resultado no es el desarrollo, sino el estancamiento, al abolir la propiedad privada de los medios de producción y sustituir los mecanismos de mercado por la planificación central, el sistema elimina los incentivos a la innovación, la eficiencia y el esfuerzo individual y por lógica la escasez se vuelve crónica, la productividad se desploma y la economía se orienta hacia la supervivencia más que hacia el bienestar general.

Bajo estos regímenes la pobreza no disminuye, se generaliza y se institucionaliza, pero sobre todo la marginación se profundiza, porque el acceso a bienes básicos, educación de calidad y oportunidades dependen de la voluntad del partido o personas en el poder y no del mérito o del trabajo. Los ejemplos son abundantes como lo hemos visto desde la Unión Soviética de Stalin hasta la Cuba de los Castro, pasando por la China de Mao, la Corea del Norte de los Kim o la Venezuela de Chávez y Maduro, el patrón se repite con variaciones de intensidad, pero no de naturaleza.
Un factor común a todos estos regímenes es la existencia de policías políticas y de un sistema carcelario destinado a los presos políticos. La Cheka bolchevique, la Stasi alemana oriental, la Seguridad del Estado cubana, los campos de reeducación norcoreanos o el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional en Venezuela, han sido instrumentos necesarios para mantener el monopolio ideológico.
Cuando el Estado se define como la expresión de la voluntad popular y cualquier crítica se interpreta como traición a la patria, de clase o contrarrevolución la represión deja de ser excepcional y se convierte en política de Estado. Las cárceles
se llenan de opositores, intelectuales, creyentes o simplemente ciudadanos que osan pensar de manera diferente. La libertad de expresión, de asociación y de
conciencia desaparecen. El totalitarismo no es el exceso del comunismo; es su consecuencia lógica cuando se lleva hasta el final la pretensión de rehacer la naturaleza humana y la sociedad desde el poder. Esta dinámica no se limita a los regímenes que se autodenominan comunistas en
sentido estricto; las experiencias de izquierda radical o “socialismo del siglo XXI” en América Latina han reproducido, en grados variables, los mismos mecanismos de fracaso. Prometen cambio significativo, redistribución y soberanía, pero con frecuencia terminan hundiendo a los países en crisis económicas, deterioro institucional y polarización.
Venezuela bajo el chavismo-madurismo es un claro ejemplo, de potencia petrolera a economía colapsada, con hiperinflación, escasez y migración masiva; incluso
gobiernos de izquierda más moderados han enfrentado dificultades para entregar resultados en seguridad, crecimiento y gobernabilidad, generando fatiga ciudadana.
Es precisamente ante estos fallos acumulados que, desde hace unos años y de manera acelerada a partir del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, se observa un cambio de ciclo en América Latina. El péndulo político ha oscilado hacia la derecha, y lo que comenzó con la victoria de Javier Milei e Argentina en 2023 y el consolidado modelo de seguridad de Nayib Bukele en El
Salvador se ha extendido con fuerza. Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, Rodrigo Paz en Bolivia, poniendo fin a casi dos décadas de predominio del MAS, Abelardo de la Espriella en Colombia y Keiko Fujimori en Perú forman parte de una ola que ha llevado a varios países de la región a ser gobernados por fuerzas de centro-derecha, derecha o derecha radical.
Este regreso de la derecha no es homogéneo, incluye libertarios radicales como Milei, conservadores de ley y orden como Kast o de la Espriella, y figuras con raíces en tradiciones autoritarias o populistas de seguridad. Lo que los une es, en buena medida, la reacción al fracaso de las administraciones previas en materia de inseguridad, inflación, migración descontrolada y debilidad institucional y por supuesto como lo mencioné antes Donald Trump ha actuado como catalizador y referente, porque su administración ha impulsado la iniciativa “Escudo de las
Américas”, ha respaldado abiertamente a varios de estos candidatos y ha reorientado la política hemisférica hacia el combate al crimen organizado, el control migratorio y la contención de influencias externas como China e Irán; la intervención en Venezuela a comienzos de 2026 y la presión sobre Cuba han reforzado la percepción de un cambio de correlaciones de fuerza.
También habrá que reconocer que este cambio no carece de riesgos, algunas de estas nuevas derechas exhiben rasgos iliberales, una retórica confrontacional y una tendencia a concentrar poder en nombre de la seguridad. El modelo Bukele, admirado por su eficacia contra las pandillas, genera interrogantes sobre el equilibrio entre orden y derechos. Sin embargo, el voto ciudadano en las urnas refleja un agotamiento con las promesas incumplidas de la izquierda y una demanda de resultados concretos en seguridad y economía. Es así que los electores castigan a quienes están en el poder cuando no entregan, independientemente de la ideología, los cambios que prometieron.
La coincidencia temporal con el segundo mandato de Trump y el alineamiento explícito de varios líderes con Washington sugieren algo más que un simple péndulo, estamos frente a una reconfiguración regional en la que la derecha se presenta como alternativa viable frente al desgaste del progresismo que ha llegado incluso a aliarse con fuerzas narcoterroristas; tema que abordaré en futuras
participaciones.
Referencias
1 Washington Examiner, 2026; Christian Post, 2026.
2 Discurso de Rubio, 16 de julio de 2026; National Review, 2026
https://www.nationalreview.com/2026/07/countering-left-wing-terrorism/
3 U.S. Department of State. (2026, julio 20). Cuba: La capital del comunismo en el siglo XXI
https://www.state.gov/translations/spanish/cuba-la-capital-del-comunismo-en-el-siglo-xxi
4 Human Rights Watch https://www.hrw.org/es/world-report/2026/country-chapters/nicaragua






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