
Cada cuatro años el mundo vive una especie de catarsis colectiva. Durante poco más de un mes, la agenda política, económica e incluso social pasa a un segundo plano para dar paso al acontecimiento deportivo más importante del planeta: la Copa del Mundo. Las calles se llenan de
aficionados que portan con orgullo la camiseta de su selección; las plazas se convierten en puntos de encuentro y los colores nacionales adquieren un significado especial. Como alguna vez dijo Jorge Valdano, “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”.
El Mundial de 2026, organizado por Estados Unidos, México y Canadá, volvió a demostrar la enorme capacidad del fútbol para despertar emociones y reforzar la identidad de los pueblos. En México quedó de manifiesto, una vez más, la hospitalidad de su gente y la pasión con la que miles de aficionados acompañan a su selección y reciben al visitante extranjero.
Como mexicano que lleva veinte años viviendo en Madrid, tuve la fortuna de presenciar el primer campeonato mundial conquistado por España, en Sudáfrica 2010. Aquella aventura comenzó con una inesperada derrota frente a Suiza, pero la selección llegaba respaldada por el título de la Eurocopa de 2008, torneo en el que había roto una barrera psicológica que durante décadas le impidió competir de tú a tú con las grandes potencias.
A ello se sumó una generación irrepetible de futbolistas, muchos de ellos formados en el FC Barcelona, pero sería injusto explicar aquel éxito sin reconocer la figura de Luis Aragonés, el inolvidable Sabio de Hortaleza. Fue él quien cambió la mentalidad de una selección acostumbrada a quedarse en la orilla; quien convenció a sus futbolistas de que podían competir de igual a igual con cualquier potencia y quien sembró la identidad futbolística que floreció con la conquista de la Eurocopa de 2008. Sobre esos cimientos, Vicente del Bosque aportó serenidad, equilibrio y una extraordinaria capacidad para gestionar el talento y los egos de un vestuario excepcional hasta conducir a España a conquistar, por primera vez, la Copa del Mundo.

Mientras la selección avanzaba, sucedía algo igualmente interesante fuera de los estadios. Poco a poco comenzaron a aparecer banderas españolas en balcones y ventanas. Puede parecer un detalle menor, pero en España la bandera ha estado durante décadas rodeada de prejuicios, debates históricos y heridas políticas. A diferencia de otros países, donde exhibirla es un gesto cotidiano, aquí muchas veces ha estado condicionada por el contexto ideológico.
Sin embargo, durante aquellas semanas todo eso quedó, al menos temporalmente, aparcado. En un país donde el sentimiento de pertenencia suele estar muy ligado a la comunidad autónoma —Galicia, Cataluña, Cantabria, Navarra, Andalucía o Madrid—, el fútbol consiguió algo extraordinario: que millones de personas se reconocieran en un mismo equipo. Más allá de las diferencias territoriales o políticas, todos celebraban las mismas victorias y compartían la misma ilusión.

“Las grandes selecciones no nacen de la improvisación. Son el resultado de un proyecto, de una cultura futbolística y de entrenadores capaces de sembrar una idea que trasciende generaciones.”
Entonces llegó el minuto 116. El tiempo pareció detenerse cuando Andrés Iniesta, manchego, símbolo de humildad y talento, encontró un balón suelto dentro del área y lo envió al fondo de la portería con un disparo cruzado. Aquel gol provocó una explosión de alegría que recorrió toda la
geografía española. Durante unos instantes desaparecieron las diferencias y solo quedó la emoción compartida. España levantaba por primera vez la Copa del Mundo y aquel verano de 2010 quedó grabado para siempre en la memoria colectiva de quienes lo vivimos.
Hoy, dieciséis años después, España vuelve a encontrarse en la antesala de otra final mundialista. Mucho ha cambiado desde entonces. Entre los protagonistas de esta nueva generación destacan jóvenes cuyos padres llegaron como inmigrantes y encontraron en este país las oportunidades, como miles de personas que han encontrado cobijo sumando a una diversidad que se ve en cualquier parte del territorio. Para algunos, esa realidad todavía genera debate; para otros, entre los que me incluyo, representa la mejor versión del deporte: el talento no entiende de apellidos ni de lugar de nacimiento, sino de esfuerzo, compromiso y sentido de pertenencia.
Buena parte del mérito de esta nueva España también recae en Luis de la Fuente, un entrenador que ha entendido que dirigir un vestuario repleto de estrellas exige más liderazgo que protagonismo. Lejos de intentar reinventar el fútbol español, ha recuperado su esencia: un equipo que disfruta del balón, que entiende el juego colectivo y que ha sabido integrar juventud y experiencia sin renunciar a una identidad reconocible.

En tiempos donde abundan los proyectos efímeros, De la Fuente ha demostrado que el éxito se construye desde la confianza, el trabajo y el convencimiento.
Una vez más, las banderas han vuelto a los balcones y las calles recuperan ese ambiente festivo que hace olvidar, aunque solo sea por unos días, la crispación política y la polarización que atraviesan muchas sociedades.

Del otro lado aparece Argentina, vigente campeona del mundo y probablemente una de las selecciones con mayor fortaleza mental del fútbol contemporáneo. Lo ha demostrado en innumerables ocasiones. Más allá de su calidad individual, existe una convicción colectiva que gira
alrededor de Lionel Messi. Mientras otras selecciones terminan siendo víctimas de los egos, Argentina ha entendido que cuando su número “Diez” brilla, el equipo entero se fortalece. Allí el éxito individual se transforma en éxito colectivo, y esa quizá sea la mayor virtud del conjunto
dirigido por Lionel Scaloni.
Las grandes selecciones no nacen de la improvisación. Son el resultado de un proyecto, de una cultura futbolística y de entrenadores capaces de sembrar una idea que trasciende generaciones.

Luis Aragonés sembró la semilla; Vicente del Bosque la llevó a la cima del mundo; y Luis de la Fuente ha sabido mantener vivo ese legado adaptándolo a una nueva época.
Cuando usted lea estas líneas, probablemente ya conocerá al campeón del mundo de 2026. Yo escribo todavía desde la incertidumbre. Y quizá esa sea una de las grandes virtudes del fútbol: mientras el balón no deje de rodar, todo sigue siendo posible.
Porque, al final, más allá del resultado, los mundiales nos recuerdan que todavía existen momentos capaces de unir a sociedades enteras alrededor de un mismo sueño. Y en tiempos donde abundan las divisiones, esa quizá sea la mayor victoria que puede ofrecernos el fútbol.






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