YA NO DISCREPAMOS CON EL QUE PIENSA DISTINTO, LO RECHAZAMOS: El Peligro en LATAM

Autor: Lucas Klovob
Categoría: México y el Mundo
Publicación: junio 3, 2026
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Hay una forma de medir la salud democrática que va más allá de los índices de participación electoral o de la aprobación de las instituciones. Es más incómoda, más personal, y quizás más reveladora: preguntarle a la gente cómo se siente ante alguien que vota diferente. Si le molestaría que su hijo se casara con esa persona. Si cree que esa persona es honesta y razonable. Si le genera simpatía o rechazo.

Eso es la polarización afectiva. No la distancia entre ideas, sino el rechazo y la distancia entre personas que piensan diferente. En febrero, QSocial evaluó este tema en ocho países: Colombia, Jamaica, Panamá, Perú, República Dominicana, Costa Rica, Brasil y México.

Tres preguntas, una radiografía

El estudio midió polarización afectiva a través de tres variables. Primera: la comodidad con que un hijo/a contrajera matrimonio con alguien de opiniones políticas muy diferentes. Segunda: si las personas con opiniones políticas distintas son percibidas como honestas y razonables. Tercera: la simpatía hacia quienes piensan distinto políticamente.

Cada una de estas preguntas captura una dimensión diferente del mismo fenómeno: la primera mide la disposición a la convivencia íntima con la diferencia; la segunda, la percepción cognitiva del otro; la tercera, el componente emocional puro.

Leídas en conjunto, las tres permiten identificar qué países tienen una relación más abierta con la pluralidad política y cuáles muestran señales de fractura afectiva.

Los extremos: Jamaica abre, Colombia y Perú cierran

El caso más llamativo es Jamaica. En los tres indicadores, el país caribeño registra los niveles más bajos de polarización afectiva de toda la muestra. El 71% se sentiría cómodo si su hijo se casara con alguien de ideas políticas muy distintas. El 52% considera que esas personas son honestas y razonables. El 51% declara simpatía hacia quienes piensan diferente.

La polarización no destruye sola la democracia… pero ladebilita todos los días.

Son números que contrastan de manera drástica con el resto de la región y que sugieren una cultura política donde la diferencia ideológica no se traduce automáticamente en rechazo personal. Sea por razones históricas, culturales o institucionales, Jamaica parece haber desarrollado una mayor capacidad para separar el desacuerdo político de la desconfianza hacia el otro como persona.

En el extremo opuesto, Colombia y Perú concentran los indicadores más altos de polarización afectiva. En Colombia, el 66% se sentiría incómodo si su hijo se casara con alguien de ideas políticas opuestas, el 71% no considera a esas personas honestas ni razonables, y el 72% declara no simpatizar con ellas. Perú exhibe un patrón casi idéntico: 65% de incomodidad ante el matrimonio inter-ideológico, 71% que descarta la honestidad y razonabilidad del otro, y 75% de falta de simpatía.

En ambos países, la polarización afectiva no es solo un fenómeno de las elites políticas o de las redes sociales. Está instalada en la sociedad.

El grupo del medio: diferencias que no son menores

Entre los extremos hay un grupo heterogéneo que merece lectura propia.

México y Costa Rica muestran niveles moderados pero con matices interesantes. México registra un 48% de comodidad ante el matrimonio inter-ideológico y un 52% que considera honestas y razonables a las personas con ideas distintas — ambos valores relativamente altos para la región — pero al mismo tiempo el 45% no simpatiza con esas personas, lo que sugiere una convivencia posible pero no exenta de tensión.

Costa Rica, históricamente asociada a una cultura democrática más consolidada en la región, muestra números que no la diferencian tanto como podría esperarse: 45% de comodidad, 34% que percibe al otro como honesto y razonable, y 44% que no simpatiza. Los datos invitan a revisar ciertos supuestos sobre la excepcionalidad costarricense.

Brasil y Panamá se ubican en un rango similar al de Colombia en varios indicadores, aunque con niveles ligeramente menores de rechazo explícito. República Dominicana presenta un perfil más moderado que sus vecinos caribeños en algunas variables, pero con un 52% de incomodidad ante el matrimonio inter-ideológico que no es un número para ignorar.

Lo que los datos dicen sobre la democracia

La polarización afectiva importa porque no es solo un termómetro del clima social: es un factor que retroalimenta y agrava los problemas institucionales.

Cuando una mayoría de ciudadanos percibe a quienes piensan diferente como deshonestos, poco razonables y merecedores de rechazo personal, el terreno para el diálogo político se estrecha. Los acuerdos se vuelven más difíciles no porque las posiciones estén muy alejadas en términos programáticos, sino porque el adversario es vivido como un enemigo moral. Y en ese clima, los líderes que amplifican la división tienen más incentivos para hacerlo que aquellos que llaman a la moderación.

La polarización afectiva no destruye las democracias por sí sola, pero las debilita desde adentro: erosiona la legitimidad de los resultados electorales, reduce la tolerancia a la alternancia y hace más costoso políticamente cualquier gesto de moderación.

El caso de Jamaica sugiere que otro equilibrio es posible. Que una sociedad puede tener desacuerdos políticos profundos sin que eso se traduzca en rechazo hacia la persona que vota distinto.

El problema no es la diferencia… es la deshumanización.

Esa separación entre el desacuerdo ideológico y la deshumanización del adversario es, quizás, uno de los activos más valiosos que puede tener una democracia. Y uno de los más difíciles de reconstruir una vez que se pierde.

Los datos de este estudio no permiten concluir que América Latina está en crisis democrática por polarización afectiva. Pero sí permiten decir que en varios países de la región la distancia entre ciudadanos que piensan distinto ya no es solo ideológica. Es personal. Y eso tiene un costo que no aparece en ningún índice macroeconómico, pero que se paga todos los días en la calidad de la convivencia.

Autor

  • Experto en opinión pública y análisis político con 20 años de experiencia en el rubro. Especialista en análisis multivariado, aplicando técnicas estadísticas (regresión lineal, regresión logística, cluster, análisis de componentes principales, análisis discriminante, análisis de correspondencias, entre otros) para interpretar fenómenos tales como los condicionantes del voto, la aprobación presidencial y la imagen personal. Participó en campañas presidenciales y locales en Latinoamérica. Actualmente coordina el área de opinión pública de QSocial.

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