TODO POLÍTICO DEBERÍA TOMAR CLASES DE TEATRO LO QUE NADIE TE DICE: Los Políticos sí Actúan, pero no para aprender a Mentir.

Autor: Lic. Fernanda Murrieta
Categoría: Innovación Hoy
Publicación: septiembre 29, 2026
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“Todo el mundo es un escenario.” — Shakespeare (1623/2006)

Tenía doce años la primera vez que vi a alguien “morir” en un escenario. Y sentí, literal, un ataque de pánico.

El actor cayó con tal precisión que se me olvidó por completo que eso era ficción. Se quedó inmóvil varios segundos mientras el resto del elenco seguía la escena como si nada. Cuando bajó el telón, se levantó, sonrió y agradeció. Yo también sonreí, pero por dentro seguía procesando cómo alguien había logrado convencerme de algo que yo sabía que no era real.

Años después entendí algo clave: el teatro no se trata de engañar, ni de engañarte a ti mismo. Trata de hacer que una verdad le llegue a quien la está viendo.

Con el tiempo comprendí que mi relación con la política había comenzado mucho antes de entrar a una escuela de teatro. Crecí entre campañas electorales, reuniones, estrategias y conversaciones sobre comunicación pública. Mi madre ha dedicado gran parte de su vida a ese ámbito y, de una u otra forma, yo también crecí observando cómo una idea podía acercar o alejar a un ciudadano. Años después, al estudiar la Licenciatura en Arte Dramático, descubrí que aquello que aprendía sobre respiración, escucha, presencia, intención y manejo del escenario respondía a muchas de las carencias que veía en la comunicación política. Esa intuición terminó por convertirse en una práctica profesional: he tenido la oportunidad de acompañar a candidatas y candidatos en el desarrollo de sus habilidades de comunicación escénica, confirmando que el teatro no les enseña a interpretar un personaje, sino a comunicar con mayor claridad, autenticidad y presencia.

Y desde entonces, una pregunta me sigue acompañando:

¿Por qué la gente que dedica su vida a representar a una sociedad recibe tan poca formación para comunicarse con ella?

“Los políticos son actores” (y lo dicen como insulto)

Es una frase que se repite en cada elección, casi siempre con desprecio. Pero quienes hemos pasado horas en salas de ensayo sabemos que una buena actriz o actor no aprende a mentir mejor. Aprende a escuchar, a sostener la atención de un público y a comunicar una intención con coherencia absoluta. Konstantin Stanislavski (1936) fue tajante en esto: el actor debe partir de la verdad de las circunstancias, no de la simulación. Cuando la emoción, la voz y el cuerpo dejan de estar alineados, el público lo nota de inmediato. Siempre.

¿Y no pasa exactamente lo mismo con la ciudadanía?

Antes de analizar una sola propuesta, la gente ya leyó el lenguaje corporal, el tono de voz, la postura, la seguridad —y hasta los silencios— de quien tiene enfrente.

La política le llama percepción.

El teatro lleva siglos llamándole presencia.

No es intuición, es entrenamiento (y hay evidencia)

Aquí es donde la cosa deja de ser una teoría bonita y se pone interesante: la historia política está llena de casos documentados donde el entrenamiento escénico fue decisivo para construir un liderazgo.

Ronald Reagan, apodado The Great Communicator, no solo fue actor antes de llegar a la Casa Blanca. Un estudio publicado en PLOS ONE analizó cómo elementos aparentemente pequeños —como la risa del público durante sus intervenciones— modificaban directamente la percepción de su calidez como líder, incluso décadas después de dejar el cargo (Stewart et al., 2024).

Margaret Thatcher es quizá el caso más citado. Cuando era líder de la oposición, su equipo detectó un problema serio: su voz sonaba, “chillona” y poco confiable. Por recomendación de Laurence Olivier, tomó clases con una coach vocal del National Theatre y logró bajar el tono de su voz de forma medible (Atkinson, 1984). No la convirtieron en actriz. Le dieron herramientas para que su mensaje pudiera sostenerse frente a millones de espectadores en un momento en que la televisión ya definía elecciones.

Más recientemente, Keir Starmer trabajó durante años con Leonie Mellinger, actriz clásica formada en la Royal Shakespeare Company, para transformar un estilo de comunicación que —según reportan quienes estuvieron cerca del proceso— era monótono y le costaba conectar con el público (Maguire & Pogrund, 2025). El resultado, documentado antes y después, no fue “actuar mejor”. Fue comunicar con más naturalidad.

Entonces, ¿qué es realmente el entrenamiento escénico?

Aquí está el malentendido más común: cuando alguien escucha que un político recibe entrenamiento escénico, imagina que le van a enseñar a fingir.

En realidad, le van a enseñar:

  • A respirar antes de hablar.
  • A sostener una mirada sin intimidar.
  • A escuchar antes de responder.
  • A encontrar el ritmo que permite que una idea llegue completa.
  • A entender que el cuerpo también vota y se siente.
  • Bertolt Brecht (1964) sostenía que el teatro no debía adormecer al espectador, sino despertarlo: la escena importa cuando provoca pensamiento, no solo emoción. La política tiene esa misma responsabilidad. No basta con informar: hay que generar comprensión. No basta con convencer: hay que construir confianza. Y la confianza casi nunca nace de un discurso perfecto, sino de la congruencia entre lo que se dice, lo que se hace y cómo se sostiene frente a los demás.

¿Por qué hago esto?

Después de años observando escenarios —los del teatro y los de la vida pública— llegué a una conclusión: la comunicación política sigue invirtiendo meses en redactar un mensaje… y apenas horas en preparar a la persona que tiene que darle vida.

Por eso trabajo justo en ese punto ciego: entrenamiento de presencia escénica y comunicación para figuras públicas, con las mismas herramientas que se usan en un escenario de teatro —respiración, voz, escucha, ritmo, intención— aplicadas a discursos, entrevistas, debates y apariciones frente a cámara. No se trata de “actuar” un personaje. Se trata de que tu mensaje, el que ya tienes, el que ya es tuyo, llegue completo, coherente y sin ruido.

El teatro no enseña a mentir. Enseña a hacer que una verdadllegue a quien la está escuchando.

Porque algunos discursos técnicamente impecables nunca logran conmover a nadie. No por falta de datos, sino por falta de presencia.

Al final, la ciudadanía no espera intérpretes. Espera representantes capaces de mirar al público sin olvidar que, del otro lado del escenario, también hay personas esperando ser escuchadas.


Referencias

Atkinson, M. (1984). Our masters’ voices: The language and body language of politics. Methuen.

Brecht, B. (1964). Brecht on theatre: The development of an aesthetic (J. Willett, Trans. & Ed.). Hill and Wang.

Maguire, P., & Pogrund, G. (2025). Get in: The inside story of Labour under Starmer. Bodley Head.

Shakespeare, W. (2006). As you like it (J. Dusinberre, Ed.). Bloomsbury Arden Shakespeare. (Original work published 1623)

Stanislavski, C. (1936). An actor prepares (E. R. Hapgood, Trans.). Theatre Arts Books.

Stewart, P. A., Dye, R. G., & Senior, C. (2024). Laughter and effective presidential leadership: A case study of Ronald Reagan as the “great communicator.” PLOS ONE, 19(4), e0301324. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0301324

Autor

  • Asesora en comunicación escénica para figuras públicas y actores políticos. Licenciada en Arte Dramático por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y realizó una estancia académica en la University of New Mexico (UNM), Estados Unidos. Es asesora en comunicación escénica para figuras públicas y actores políticos, donde aplica herramientas del teatro para fortalecer la comunicación, la presencia y el liderazgo

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