
La evolución de los ecosistemas digitales, la fragmentación de las audiencias y la aceleración de la comunicación política han modificado sustancialmente la forma en que se construyen las identidades políticas contemporáneas.
Durante gran parte del siglo XX, los partidos y liderazgos estructuraban su identidad a partir de proyectos políticos, propuestas programáticas y visiones de desarrollo claramente definidas. La construcción del “nosotros” descansaba en la capacidad de explicar quiénes eran, qué defendían y hacia dónde pretendían conducir a la sociedad. Sin embargo, la lógica de la competencia política actual ha alterado profundamente esa dinámica.

Una parte significativa de las identidades políticas contemporáneas ya no se construye a partir de la afirmación de un proyecto propio, sino a partir de la negación permanente del adversario. En términos estratégicos, la identidad deja de ser una construcción positiva para convertirse en una reactiva. El electorado no necesariamente se moviliza por adhesión a una propuesta, sino por rechazo a una alternativa.
Esta transformación puede resumirse en una frase que describe con precisión una de las características centrales de la política contemporánea:
“No sé exactamente quién soy, pero
sé perfectamente quién no quiero que gobierne”.
Detrás de esta afirmación se encuentra uno de los cambios más importantes de la comunicación política moderna. La competencia electoral deja de organizarse exclusivamente en torno a proyectos de futuro y comienza a estructurarse en torno a percepciones de amenaza. La movilización política surge menos de la esperanza y más de la necesidad de impedir el avance del adversario. Paralelamente, la propia arquitectura de las campañas también ha cambiado. Durante décadas, la comunicación electoral estuvo concentrada en estructuras relativamente centralizadas donde los partidos y candidatos controlaban la narrativa principal. Hoy esa lógica prácticamente ha desaparecido. Las campañas contemporáneas operan como ecosistemas fragmentados integrados por múltiples subcampañas que conviven simultáneamente. La campaña oficial representa apenas una parte de la conversación pública. Alrededor de ella orbitan influencers, comunidades digitales, medios afines, páginas de apoyo, líderes de opinión, operadores territoriales y militancias digitales que producen y amplifican mensajes de manera permanente. La disputa electoral ya no se libra únicamente en los canales oficiales. Se desarrolla en una red compleja de narrativas paralelas que operan con distintos objetivos, públicos y lenguajes. Muchas veces, los mensajes más influyentes ni siquiera son emitidos por el candidato o el partido, sino por actores que forman parte de ecosistemas alternativos con una capacidad de penetración superior a la de la comunicación institucional. Esta fragmentación ha incrementado exponencialmente la capacidad de segmentación, pero también ha fortalecido las dinámicas de confrontación y de aislamiento político.
Las investigaciones contemporáneas en comportamiento político muestran que las emociones negativas particularmente el miedo, la indignación, la incertidumbre y el rechazo— poseen una capacidad de movilización superior a la de las emociones positivas cuando el objetivo es generar atención, participación e involucramiento político.
En consecuencia, la competencia electoral comienza a desarrollarse en marcos narrativos en los que la oposición al adversario adquiere mayor centralidad que la promoción de
propuestas propias. Este proceso ha dado lugar a un fenómeno ampliamente estudiado por la ciencia política
contemporánea: la transición de la polarización ideológica a la polarización afectiva.
La polarización ideológica se caracteriza por diferencias programáticas o doctrinales entre grupos políticos. La polarización afectiva, en cambio, incorpora componentes emocionales y morales en la percepción del adversario. El desacuerdo deja de centrarse en ideas y comienza a extenderse hacia la valoración personal de quienes sostienen posiciones distintas.
Bajo este esquema, el adversario político deja de percibirse como un competidor legítimo y pasa a ser interpretado como una amenaza para los intereses, valores o identidades del propio grupo. La consecuencia inmediata es el deterioro progresivo de la calidad del debate público. La discusión racional cede ante la confrontación emocional.

“La movilización política surge menos de la esperanza y más de la necesidad de impedir el avance del adversario.”
Los argumentos pierden relevancia frente a las percepciones. La deliberación se sustituye por la descalificación y la búsqueda de consensos por la reafirmación de identidades grupales. Es precisamente en este contexto donde emerge uno de los fenómenos más preocupantes para la estabilidad democrática contemporánea: la incivilidad política.
La incivilidad constituye una forma de interacción pública caracterizada por la ruptura de las normas básicas de respeto y reconocimiento mutuo. Su expresión inicial suele manifestarse mediante insultos y descalificaciones; sin embargo, su evolución puede derivar en formas más profundas de exclusión simbólica y social.
En su fase más avanzada, la incivilidad produce procesos de deslegitimación del adversario, en los que este deja de ser considerado un actor legítimo del sistema político para convertirse en un sujeto cuya participación resulta cuestionable o incluso indeseable. La democracia no exige uniformidad ideológica. Su esencia radica precisamente en la capacidad de gestionar el desacuerdo. La pluralidad constituye una condición inherente a las sociedades democráticas y la legitimidad del sistema depende de la capacidad de reconocer el derecho de los demás a sostener posiciones distintas. Paradójicamente, esta dinámica se desarrolla en un contexto de expansión tecnológica sin precedentes. Nunca antes las sociedades habían contado con tantas herramientas para comunicarse y participar en el espacio público. Sin embargo, la misma infraestructura
tecnológica que amplía las posibilidades de interacción también facilita la formación de entornos informativos homogéneos.
Los algoritmos privilegian contenidos compatibles con las preferencias previas de los usuarios. Las plataformas digitales favorecen la interacción con comunidades
ideológicamente afines. El resultado es la consolidación de cámaras de eco, en las que las personas reciben predominantemente mensajes que refuerzan sus creencias, validan sus emociones y fortalecen sus identidades políticas.
Esta dinámica reduce la exposición a perspectivas divergentes y contribuye a la formación de comunidades políticas cada vez más cerradas en sí mismas. La ciudadanía deja de percibirse como una comunidad política compartida y comienza a organizarse en grupos diferenciados que desarrollan mayores niveles de distancia emocional, desconfianza y antagonismo mutuo. Frente a este escenario surge una cuestión fundamental para quienes participan profesionalmente en la política.
¿Cuáles son las responsabilidades de los actores que intervienen en la construcción de la comunicación pública?
Estrategas, consultores, dirigentes, candidatos, periodistas, medios de comunicación y generadores de contenido forman parte de un ecosistema que influye directamente en la configuración de percepciones colectivas, emociones políticas y dinámicas de convivencia social. Cada mensaje difundido contribuye a moldear la conversación pública. Cada narrativa fortalece o debilita determinados marcos de interpretación. Cada estrategia de comunicación produce efectos que trascienden el resultado inmediato de una elección. La utilización del miedo como herramienta de movilización continuará siendo una tentación permanente debido a su eficacia comprobada. La exacerbación de emociones negativas seguirá ofreciendo beneficios tácticos a corto plazo. La construcción de enemigos continuará siendo una fórmula electoralmente rentable en numerosos contextos.

Sin embargo, la rentabilidad electoral no siempre coincide con la sostenibilidad democrática. La política contemporánea enfrenta el desafío de recuperar una reflexión estratégica que vaya más allá de la lógica inmediata de la competencia. La pregunta central no debería limitarse a cómo ganar una elección. La pregunta verdaderamente relevante consiste en determinar qué tipo de sociedad se construye como consecuencia de las estrategias empleadas para obtener esa victoria. Porque las campañas concluyen. Los gobiernos son temporales. Los ciclos electorales terminan. Pero las fracturas sociales, las identidades enfrentadas y los procesos de exclusión política pueden perdurar durante años. La democracia contemporánea enfrenta así una tensión fundamental entre la eficacia electoral y la cohesión social. Resolver esa tensión constituye uno de los principales desafíos estratégicos de nuestro tiempo.
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