
Cada año, durante las fechas decembrinas, se repite un fenómeno ya conocido: miles de paisanos mexicanos radicados en distintas partes del mundo principalmente en Estados Unidos, pero también en países como Canadá, España o Alemania regresan a sus lugares de origen para
celebrar las fiestas navideñas. Este retorno, ya sea por vía aérea o terrestre, representa una derrama económica significativa para el país.
A diferencia de las vacaciones de verano, las de diciembre están profundamente ligadas a la convivencia familiar.
No resulta extraño, entonces, observar cómo pequeñas poblaciones de México se transforman en vísperas de las celebraciones, llenándose de vida, nostalgia y alegría.
La música, las anécdotas repetidas una y otra vez entre familiares y las extensas sobremesas a cualquier hora del día se integran al paisaje cotidiano. En El laberinto de la soledad, particularmente en el ensayo “Los pachucos y otros extremos”, Octavio Paz reflexiona sobre la identidad del mexicano fuera de su territorio, marcada por el desarraigo, la soledad y la búsqueda constante de pertenencia; elementos que cobran especial sentido durante el regreso decembrino de quienes han hecho de la migración parte de su historia personal.
Son momentos propicios para recordar aquellos instantes vividos en calles que un día fueron hogar, donde los sueños e ilusiones quizá apuntaban a rumbos distintos. Es la propia vida —con sus giros inesperados— la que ha llevado a muchos a formar parte de las estadísticas de mexicanos radicados en el exterior. En estados como Zacatecas, Jalisco, Michoacán o San Luis Potosí, y en el caso de mi tierra, Tamaulipas, en poblaciones como Tula, Jaumave o Palmillas,
por citar algunas, estos días se viven como auténticas celebraciones: regresan quienes, en muchos casos, sostienen la economía de estas comunidades.

Lamentablemente, este ambiente festivo no siempre se ve acompañado de una experiencia digna para la comunidad migrante durante su regreso a México. Los obstáculos son numerosos: desde experiencias desagradables en algunos aeropuertos, hasta interminables trámites burocráticos para
la internación de vehículos o el traslado de regalos destinados a familiares y amigos. A ello se suma la proliferación de retenes a lo largo de las carreteras, que en muchas ocasiones entorpecen y ralentizan el flujo vehicular de quienes regresan a casa. Estas situaciones derivan, con
frecuencia, en episodios bochornosos relacionados con abusos o, en el peor de los casos, en accidentes dentro de la red carretera nacional. Es justo reconocer los esfuerzos realizados por los tres órdenes de gobierno para procurar que nuestros paisanos eviten este tipo de sucesos. Sin embargo, estos episodios evidencian, no pocas veces, las limitaciones institucionales que persisten, aun cuando exista voluntad política para atender la problemática.
Regresar a la tierra que vio nacer a una persona conlleva una mezcla de sentimientos difícil de describir.
Por un lado, se añoran los sabores de la gastronomía, la belleza de los paisajes y la calidez de la gente; se recuerdan a los compañeros de la escuela, las jornadas de juegos interminables y las rutas recorridas en esos rincones del país. Pero, por otro lado, también se extraña un país que ya no existe. Tal como ocurre en la vida misma, el país y su sociedad evolucionan y, al volver, muchos migrantes se encuentran con una realidad distinta, en ocasiones desconocida.
Hoy, este panorama se ve aún más ensombrecido por la situación que enfrentan miles de familias mexicanas en Estados Unidos, derivada del endurecimiento de las políticas migratorias. Las imágenes de redadas emprendidas por las autoridades migratorias se multiplican a diario, mostrando escenas de desintegración familiar y el llanto provocado por la separación de seres queridos. La zozobra y la incertidumbre se han apoderado de comunidades enteras ante el temor constante de una deportación.

Esta realidad comienza a reflejarse incluso en las cifras económicas. De acuerdo con estimaciones y tendencias observadas por el Banco de México, y a la espera de su informe anual, las remesas podrían registrar una disminución cercana al 5 % en 2025 con respecto a 2024. Este descenso no solo evidencia el clima de inseguridad y vulnerabilidad que viven millones de paisanos en Estados Unidos, sino que también anticipa un impacto directo en los ingresos de numerosas familias y comunidades que dependen de estos recursos.
De ahí que sea una responsabilidad compartida —como Estado y como sociedad— brindar un entorno digno para la estancia de quienes son auténticos embajadores de México en el exterior y que, día con día, con su trabajo y esfuerzo, ponen en alto el nombre del país más allá de sus fronteras. No es casualidad que justo el 18 de diciembre se conmemore el Día Internacional del Migrante, fecha que tiene su origen en la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y de sus Familiares, adoptada en 1990 y reconocida oficialmente en 2001.

Finalmente, el migrante no regresa solo con maletas o regalos: regresa con historias, ausencias, cicatrices y esperanza. Regresa con la nostalgia a cuestas y con la memoria aferrada a lo que fue y a lo que pudo ser. El diciembre migrante mexicano es, en el fondo, un espejo que nos obliga a mirarnos como nación y a no olvidar que muchos de los nuestros viven siempre con un pie allá y el corazón aquí. Mientras eso siga ocurriendo, la dignidad de nuestros migrantes seguirá siendo una tarea pendiente.






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